Aquella
tarde, una niña paseaba feliz por el bosque cuando, sin buscarlo, encontró un pájaro que cantaba alegre en una rama. Era el ejemplar más bello y más enigmático que había conocido jamás. La niña no podía dejar de mirarlo, y ni siquiera se atrevía a tocarlo, creyendo que era una estratagema de su imaginación. Por fin, y armandose de valentía, pudo tocar al pájarillo, que con soltura y elegancia se posó sobre su mano. Prometiendo cuidarle, alimentarle y hacerle feliz, le regaló al pájaro en una hermosa jaula y lo llevó a su casa.
Cada día, al levantarse, la niña sonreía a su nuevo compañero, le acariciaba, le limpiaba su casita y le cantaba. Usaba cada segundo que podía al cuidado del animal. Incluso sus padres empezaron a preocuparse cuando vieron que la niña comenzaba a volcarse demasiado en el cuidado de su nuevo amigo.
No obstante, la niña no era feliz. Cada día, veía al pájaro más mustio, y cada día cantaba menos. Ya no saltaba de barra en barra, y casi no comía, a pesar de la gran cantidad de frutos que la niña le brindaba.
Un día en que lo estaba limpiando, abrió la portezuela y, en un descuido, el pájaro se posó en la puerta de su jaula, avanzando con miedo pero dispuesto a emprender su fuga. La niña, al percatarse, se horrorizó ante el temor de perderle y rompió a llorar, mientras veía como el pájaro volaba hasta la ventana. Entonces pudo observar como su amigo cobraba todo su esplendor, pero no se atrevía a volar de nuevo. Entonces lo comprendió. La niña, con delicadeza, recogió al pájaro y lo metió de nuevo. Tras esto, salió camino del bosque con la jaula bajo el brazo.
Cuando llegó al bosque, allí donde había encontrado a su gran amigo, abrió la jaula y lo depositó en la misma rama donde lo había encontrado. En pocos minutos, el pájaro comenzó a cantar y un rayo de sol le llenó de brillo. La niña se sentó no muy lejos, pero tampoco demasiado cerca de él, y volvió a admirar al pájaro. Había comprendido que lo que más amaba de aquel pájaro era su libertad. Sólo podría admirarlo. Y era feliz así.
tarde, una niña paseaba feliz por el bosque cuando, sin buscarlo, encontró un pájaro que cantaba alegre en una rama. Era el ejemplar más bello y más enigmático que había conocido jamás. La niña no podía dejar de mirarlo, y ni siquiera se atrevía a tocarlo, creyendo que era una estratagema de su imaginación. Por fin, y armandose de valentía, pudo tocar al pájarillo, que con soltura y elegancia se posó sobre su mano. Prometiendo cuidarle, alimentarle y hacerle feliz, le regaló al pájaro en una hermosa jaula y lo llevó a su casa.Cada día, al levantarse, la niña sonreía a su nuevo compañero, le acariciaba, le limpiaba su casita y le cantaba. Usaba cada segundo que podía al cuidado del animal. Incluso sus padres empezaron a preocuparse cuando vieron que la niña comenzaba a volcarse demasiado en el cuidado de su nuevo amigo.
No obstante, la niña no era feliz. Cada día, veía al pájaro más mustio, y cada día cantaba menos. Ya no saltaba de barra en barra, y casi no comía, a pesar de la gran cantidad de frutos que la niña le brindaba.
Un día en que lo estaba limpiando, abrió la portezuela y, en un descuido, el pájaro se posó en la puerta de su jaula, avanzando con miedo pero dispuesto a emprender su fuga. La niña, al percatarse, se horrorizó ante el temor de perderle y rompió a llorar, mientras veía como el pájaro volaba hasta la ventana. Entonces pudo observar como su amigo cobraba todo su esplendor, pero no se atrevía a volar de nuevo. Entonces lo comprendió. La niña, con delicadeza, recogió al pájaro y lo metió de nuevo. Tras esto, salió camino del bosque con la jaula bajo el brazo.
Cuando llegó al bosque, allí donde había encontrado a su gran amigo, abrió la jaula y lo depositó en la misma rama donde lo había encontrado. En pocos minutos, el pájaro comenzó a cantar y un rayo de sol le llenó de brillo. La niña se sentó no muy lejos, pero tampoco demasiado cerca de él, y volvió a admirar al pájaro. Había comprendido que lo que más amaba de aquel pájaro era su libertad. Sólo podría admirarlo. Y era feliz así.


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